Una voz me dijo

“No sabes lo que se aprende en el ejército,” me dijo mi padre cuando un día le pregunté sobre eso de la vocecita que nos dice hacia dónde debemos ir o qué es lo que debemos hacer. “En aquella época el entrenamiento básico de un soldado era bien duro y yo había sido muy consentido por mi abuela.

Ese medio día recuerdo que llegábamos de una larga caminata y ya cansados y con hambre, comenzamos a fantasear sobre la comida que nos hacían en casa. En mi caso, era el cucayo de mi abuela con el guiso de la carne. Hay que ver que mi abuela si tenía gusto para la cocina.

Entretenido en mis pensamientos, nos llego el platico de la sopa del día. Los pedazos de carne eran aceptables y el aroma al cilantro nos hizo desear aun mas ese caldo que calmaría el hambre del grupo. Cuando me acerqué al plato y vi la carne de cerca, noté un color azuloso que se me hizo raro.

Algo me dijo que esa carne no era confiable.

De pronto me descuidé y mi compañero haciéndose el chistoso, me sacó el pedazo de carne y le dió un mordisco rápidamente. Yo estaba tranquilo y decidí más bien saborear la sopa sin la carne azulosa, mi compañero se burlaba de mi y hasta hizo alarde de su viveza.

No sé porqué me quedé tranquilo y no sentí el menor ánimo de reclamarle”, ¿pero ni rabia ante su atrevimiento? “Es que al rato de haber comido, el capitán nos preguntó que si nos había gustado la carne de perro que tenía la sopa.  

No pasó mucho rato antes de ver a mis compañeros vomitando todo lo que tenían en el estómago. Sentí un fresquito que me corrió por el cuerpo y aprendí que es bueno pararle bolas a la voz que por momentos te dice lo que tienes que hacer o por dónde seguir.

Algunas personas lo llaman instinto, yo pienso que es Dios quien habla y te dice que no te dejes llevar por todo lo que ves. Creo que mi compañero aprendió su lección y eso de querer tener lo del otro, pasó de ser viveza, a convertirse en su propia pesadilla.

Sin duda alguna, mi padre me enseñó a consultar con Dios al momento de tomar decisiones importantes y a no desear lo que el otro tiene, no sea que me pase la vida sin disfrutar lo que tengo en mi propio plato…

Escrito por: Claudia González – Soto

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