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Un Angel en medio de la Turbulencia

Cualquiera podría pensar que viajar es algo rutinario, cuando tu esposo trabaja para una aerolínea grande, en los Estados Unidos. Y es cierto, tomar un avión llega a ser tan frecuente que no importa el continente o el tiempo de vuelo, lo que se necesita es disponer del tiempo, el presupuesto adecuado y las ganas de cambiar de ambiente. 

Creo que desde que estuve en Europa por primera vez, a los 17 años, sentí que tenía que volver y que no dejaría de hacer lo posible por seguir aprendiendo de otras culturas y observando el comportamiento humano. Han pasado muchos años desde entonces, sin embargo, Dios y la vida me han permitido reanudar ese anhelo durante 25 años y contando.

Han sido muchas las visitas a familiares y amigos dentro de los Estado Unidos, innumerables viajes a Colombia y en especial a Barranquilla, mi tierra natal. Quizás el más lejos fue a Japón o a Hong Kong, pero también podría decir que he disfrutado un fin de semana en Rio de Janeiro, para llegar el lunes a las 5:00am y comenzar a trabajar normalmente. No siempre he contado con la suerte de viajar acompañada, pero he notado que el amor por viajar no ha disminuido, sin embargo, la ansiedad ante la posible turbulencia ha ido en aumento.

Debo confesarles, que soy de las viajeras, que no le importa agarrar la mano o el brazo de la persona que tengo al lado, con el fin de sentirme apoyada, es como si pudiera desahogarme con esa persona y contarle como me siento. Gracias a Dios, no he encontrado rechazo de ninguno de estos amables ángeles, como yo los llamo, pues sus palabras terminan recordándome que no hay porque temer, al final las turbulencias suelen suceder y el avión está preparado para ellas.

También hay quien al final se toma una selfie conmigo o me acompaña con una oración. Hace poco viajaba de Indianápolis a Miami y conocí a Deanna. Veníamos sentadas en primera clase y no creí que establecería conversación con ella, pues lucía mayor y asumí que querría descansar. Sin embargo, el capitán anunció que ibamos a atravesar una turbulencia moderada y que las azafatas debían volver a sus asientos.

Observé a mi compañera de vuelo y la escuché conversando muy jovialmente con otro pasajero. El avión comenzó la faena acostumbrada y la sensación de estar en un camino lleno de piedras no se hizo esperar. Miré a Deanna y la tomé por el brazo. Me preguntó si me sucedía algo y le confesé que le temía a la turbulencia. Su mirada fue tierna y no dudó en tomarme de la mano. Me habló un poco de su vida, del nieto que había superado el cáncer y de lo indefensos que somos ante los designios de la vida. “¿Porqué quieres controlar la turbulencia, me dijo? Hay cosas que se salen de tus manos y están bajo el control de Dios. Tampoco podemos controlar el día de nuestra partida de este mundo físico.

“Tengo 82 años y mi esposo murió hace 10. Desde entonces me dedico a viajar y ello me ha fortalecido. Saber que soy capaz de hacerlo, me llena de esperanza. Conocer otras culturas me muestra que no todos pensamos de la misma manera y que todos merecemos respeto y consideración. Tengo una excelente salud y todavía me gusta caminar largos tramos y hasta escalar pequeñas alturas. He descubierto que comer alimentos naturales, enfocarme en lo positivo de mi vida y sobre todo, darle gracias a Dios por un día más al despertar en la mañana, han prolongado esa sensación de vitalidad que me acompaña”. Me quedé muy atenta escuchándola, y cuando me di cuenta, estábamos aterrizando en la ciudad de Miami. Era media noche y Deanna debía tomar un crucero de un mes por el Caribe al día siguiente. Le ofrecí llevarla al hotel y cuando nos despedimos, me dijo: “Gracias por haberme tomado del brazo y haberme traído al hotel”. Me quedé pensando y le agradecí porque recordé nuevamente que no tengo el control de todo en mi vida; pero si estoy segura de que, si lo crees, Dios te envía mensajes a través de quien menos te imaginas…

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