Parir en tiempos de Pandemia

De esas historias que te cuentan y que sientes que vale la pena compartir…

Nunca me imaginé que cuando mi primer hijo naciera, no podría cargarlo y acercarlo a mi pecho para que sintiera la protección y el amor de su madre. El impacto que se sufre cuando te dan la noticia de que saliste positiva para el COVID-19 y estás a punto de dar a luz provocó que me sintiera más aislada que nunca.

Mis sueños e ilusión de compartir el nacimiento de nuestro primer hijo con mi esposo y mi mamá se habían esfumado de un momento a otro. Empezó la labor de parto y las contracciones eran cada vez más fuertes. Semanas atrás había sido victima del COVID-19 y lo había superado sin problemas; sin embargo, en este nuevo examen, resultaba positiva. Mis dudas acerca de la veracidad del resultado me seguían llenando de angustia, esa angustia que crecía en la medida en que el momento del nacimiento se acercaba.

La ultima pujada, el ultimo esfuerzo y sentí el alivio esperado; pero que a la vez me desesperaba inmensamente. Escuchar el llanto de mi hijo, sentir como reclamaba el abrazo, el calor de su madre, esa protección que ya no tuvo al momento de salir y abrir los ojos a la luz del mundo exterior. Cómo hubiese querido abrazarte, hijo de mi corazón. Cómo había soñado con el momento de tenerte pegado a mi pecho y darle gracias al Creador por haberte permitido nacer.

Pasaron unos minutos, te miré, y vi cómo te envolvían en tus sábanas y te trasladaban a la sala-cuna. Me preguntaba ¿Porqué a mi? Sentí una rabia intensa contra el virus y contra esta pandemia despiadada que me había negado dar a luz al lado de mi esposo y de mi madre. Que me había negado cargarte y tenerte en mi pecho, justo después de tu nacimiento.

 Exhausta por la jornada del parto, me quedé dormida y pude tranquilizarme un poco. Fueron dos días interminables. Quería ver a mi esposo, compartir con él la alegría del nacimiento de nuestro hijo; sin embargo, todos debimos esperar el momento en que una nueva prueba dijera que no tenia el virus. El lunes temprano llegó el dichoso examen: “Está negativa para COVID-19, me dijo el doctor, es extraño, pero cabe la posibilidad que se haya cometido un error con la prueba anterior.”

Sin poder creerlo, corrí hacia donde estaba mi hijo y pude cargarlo, abrazarlo y pegarlo a mi pecho para amamantarlo. Cómo olvidar ese momento, el más feliz de mi vida. Un momento que me había robado el virus y que ahora, sólo me quedaba agradecer a Dios porque mi hijo y yo, estábamos sanos y salvos y por que mi historia tuvo un final feliz.

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