La palabra

La comunicación es cómo el nacimiento de un bebé. Es el inicio de una idea en la mente de quien habla. Es un pensamiento que nace y es concebido para luego ser hablado y escuchado y así dar luz a un pensamiento de aquellos que nos escuchan.

Es por eso que las palabras tienen no solo un gran poder sino también un gran significado. Las palabras crean y destruyen mundos, personas, ideas. Las palabras que usamos terminan por definir el mundo que tenemos, y forman nuestro entorno, nuestra realidad.

Las palabras son las encargadas de contar la historia.

Hay palabras incómodas. Palabras que son despectivas, palabras que significan humillación, que llevan en su fondo el desmejoramiento del ser. Palabras que son ataques a cierta clase social o raza. Palabras sin compasión, ni tolerancia alguna. Palabras que deterioran los sentimientos, hasta oprimir el alma y quizás sin una idea cercana de las implicaciones que pueda tener en el otro.

Levanta la voz por los que no tienen voz!

¡Defiende los derechos de los desposeídos!

Proverbios 31:8 NVI

Las palabras son la fundación en las que construimos nuestras vidas. Esto es real aún para las palabras terribles cómo odio, rencor, maldad o para aquellas palabras hermosas tal como Amor, Justicia, Honor, Verdad, Alegría, Paz, Felicidad.

Las palabras, la capacidad de transmitir nuestros pensamientos y sentimientos es un regalo de Dios.

Pero, lo cierto es que por más que intentemos hablar con cuidado, a veces fracasamos. Y este hecho nos muestra la tendencia innata a hacer mal uso de la palabra. Es tan real que nos cuesta tanto detenernos porque las palabras proceden del corazón.

Que gran responsabilidad tenemos con lo que decimos. Que gotas de sabiduría debemos tener para aprender cuando callar y cuando hablar. A veces no estamos listos para escuchar, para atender una palabra.

Una de las razones para controlarnos con la palabra es la responsabilidad que tenemos ante Nuestro padre. Lo que decimos no solo influye en la convivencia con los demás, sino también en nuestra relación con Él.

Si damos rienda suelta a la palabra y hacemos comentarios hirientes y llenos de veneno, la relación que tenemos con Dios no tiene ningún valor. Sin duda, esto debería darnos mucho que pensar

Nunca olvidemos que las palabras pueden edificar o derrumbar. Por eso, usémoslas siempre como Dios quiere: “para edificación”. Así, seremos una verdadera bendición para quienes nos rodean.

¿Qué estás dejando entrar a tu corazón, y qué estás dejando salir? ¿Los pensamientos que tienes y palabras que usas te arrastran a ti y a los otros hacia abajo, o están construyendo un valor eterno? ¿Eres tú mismo una buena fuente para otros?

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