Mi amigo Sebastián

Esa tarde tenía todo el tiempo del mundo para filosofar con mi papá. Recuerdo que estábamos sentados en la sala del apartamento donde vivíamos en Barranquilla, Colombia. Se me ocurrió preguntarle sobre su infancia y me contaba que recordaba mucho a su amigo Sebastián.

“Ese Sebastián y yo eramos traviesos”, me dijo entre sonrisas. Su mirada pícara antecedía su relato. “Nos gustaba corretear a las niñas y enviarles papelitos con mensajes de amor.

A veces les ponían las quejas a la profesora; pero sabíamos que en el fondo les gustaba que les picaramos el ojo de vez en cuando. Sebastián era mi cómplice, mi amigo incondicional. Casi nunca llevaba merienda al colegio y yo veía cuando las profesoras le compraban algo de comer en el recreo. Estaba al cuidado de algunos familiares y no se sabía nada de los padres. Sebastian era mi llave, mi hermano”.

Pero qué pasó con Sebastián, alguna vez lo volviste a ver? Mi padre cambió enseguida su mirada, los ojos se tornaron rojizos y se quedó callado. Le insistí que me contara que había pasado con Sebastián. “Un día llegó al colegio un pastor que venía de Estados Unidos.

Conoció a Sebastián  y le llamó la atención su caso. No sé cómo supo que no tenía padres y quizo adoptarlo. Sebastián me contó que lo había llevado de paseo con otras personas y le habían comprado ropa y zapatos.

No entendí como alguien pudiera ser tan bueno para hacer eso. Un día Sebastián no estaba en su pupitre. Me preocupó, le pregunté por él a la «seño» Rebeca  y me dijo: Sebastián se fue para Estados Unidos, lo adoptó el pastor Rodríguez y su esposa.

Un frío me corrió por dentro y no paraba de llorar. Mi amigo, mi llave se había ido y bien lejos”. Mi papá se puso la mano en su cara y me decía con su voz entrecortada, “Nunca más supe de Sebastián. Me dolió mucho su partida, mi segunda gran pérdida después de la de mi mamá.”

No dudé nunca de la sensibilidad de mi padre, podía pasar fácilmente de “mamar gallo”, a hacerte llorar.  “Recuerdo mucho mi infancia, los juegos de bolae trapo, las corretiadas a los buses en las calles arenosas de Barranquilla y el helado a la salida del colegio. Un día de estos te sigo contando…”

Escrito por: Claudia González – Soto

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