Al que no quiere caldo, le dan dos tazas.

Crecer sin su mamá permitió que mi padre experimentara el amor inmenso de su abuela por él. A los cinco años mi padre se quedó sin su madre biológica y esto lo obligó a ser más resiliente. “Lloré mucho cuando ella se fue. No entendía por qué lo hacía, aunque hoy entiendo sus razones y no la juzgo,” me dijo mi papá cuando hablábamos de su niñez.

Mi padre era el mayor de cuatro hermanos y el único varón. Su padre y su abuela paterna permanecieron con ellos. “Es que pierdes una pieza fundamental que, aunque no hubiese querido me generó cierta desconfianza con respecto a las mujeres.”

En ese momento entendí muchos aspectos de la conducta de mi padre; sin embargo, esa deficiencia de protección y cariño fue bien suplida por su abuela Sara, quien fue su gran cómplice y apoyo en los momentos cruciales de su vida.

Tengo recuerdos de mi bisabuela, una mujer blanca de ojos azules, recia de carácter pero que fácilmente sonreía cuando llegaba a la casa con sus buñuelos de maíz para todos. Mi bisabuela no se amedrentaba por la escasez económica o por la falta de conexiones sociales.

Su fortaleza y amor por mi padre le sembró esa fuerza para luchar con lo que fuera con tal de hacer lo que le apasionaba. “Mi madre me consiguió el permiso médico que necesitaba cuando tenía problemas con el ojo izquierdo y no podía seguir en el ejército.

No sé cómo hizo, pero logré salir y empezar a hacer mi carrera en la radio. Mi mamá Sara hacía el mejor salpicón de pescado que me he comido, tu mamá lo sabe,” me dijo riéndose.

Me contaba que salía en bicicleta a hacer turnos nocturnos en una emisora. Aprendió a controlar el sonido, y luego pasó a decir la hora. “Me divertía tanto que a veces no quería ni regresar a la casa. Yo hubiera pagado porque me dejaran hacer lo que hacía en aquel momento. Es que uno tiene que hacer lo que le apasiona que los honores llegan cuando menos esperas.”

Mi bisabuela fue la persona tierna, pero a la vez fuerte que apaciguó en mi padre la ausencia de su madre. Ese abrazo cálido que le brindaba protección y amor en un solo instante. MI padre tal vez no tuvo un padre comprensivo; pero le habló de Dios.

Le brindó una educación cristiana que lo acompañó toda su vida. Mi padre a pesar del dolor se lanzó al vuelo como las águilas. Ahora ya es libre del dolor, pero su ejemplo y su amor nos impulsa cada día. Si, porque Dios le envió cinco hijas y una esposa incondicional.  Seis mujeres a quién proteger y en quienes podía confiar plenamente. Como quien dice, al que no quiere caldo, le dan dos tazas.

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