¿Cómo puedo conocer a Dios?

La mayoría de la gente quiere conocer a Dios, pero ¿cómo podemos conocerlo? 

Muy bien, entonces quizá Dios existe. Pero incluso si eso es cierto, ¿cómo lo podemos conocer? Obviamente, no es tan simple como decidir a invitarlo a tomar un café—¿o sí?

La mayoría de nosotros—ateos, budistas y cristianos por igual—hemos experimentado el sentimiento de querer creer que haya algo más, el anhelo de pertenecer a algo más grande que nosotros mismos. Después de un día particularmente difícil, una semana decepcionante o un año devastador, algunas veces nos encontramos involuntariamente deseando que estos malos mementos o temporadas no sea el punto final.

Estos pensamientos han llevado a muchos de nosotros no solo a cuestionar la existencia de Dios, sino también a preguntarnos cómo es que podemos conocer a dicha entidad. Para bien o para mal, puede haber tantas opiniones sobre cómo conocer a Dios como hay granos de arena en el mar.

Pero, ¿tú crees que hay un Dios que conocer? Muchas personas simplemente no lo creen. Quizá la ciencia es todo lo que sientes que necesitas; la razón y la lógica proveen respuestas suficientemente satisfactorias para las preguntas más grandes de la vida. También, Dios parece ser como un comodín para describir eventos que aún no pueden ser explicados por la ciencia. Como sugirió Carl Sagan: “Lo que sea que nosotros no podamos explicar últimamente se le atribuye a Dios…y entonces, después de un tiempo, lo explicamos, y esto ya no es parte del reino de Dios”.1

O quizá piensas que es posible que haya un ser supremo que diseñó este universo, pero no puedes imaginar que esa entidad quiera tener algo que ver contigo. Es, después de todo, un concepto difícil de aceptar: lo pequeño que seguramente parecemos en comparación con un ser suficientemente grande como para crear un mundo completo. Albert Einstein dijo alguna vez, “No trato de imaginar un Dios personal; es suficiente con maravillarme por la estructura del mundo en la medida en la que permite que nuestros sentidos inadecuados lo aprecien.”2 Así que dejémoslo así.

Pero digamos que hay un ser así de magnífico e incluso la ligera posibilidad de que lo podamos conocer en un nivel íntimo. ¿No valdría la pena por lo menos intentarlo? Yo, al menos, tengo que admitir que siento un poco de curiosidad.

A lo largo de la historia, el humano ha creído en la existencia de un Dios conocible—un Dios que existe no solo a gran escala, sino también a nivel personal. Personas prueban todo tipo de cosas para sentirse más cerca de un ser superior o para encontrar la iluminación. Algunos usan drogas u otros métodos, pero la mayoría han seguido a alguna forma de religión en un intento de conocer y comprender a Dios.3

Las personas de casi todas las religiones conocidas por el hombre han tratado de conocer a Dios viviendo un estilo de vida monástica, separados del mundo y negándose algunas comodidades. Por miles de años, adeptos a religiones como el hinduismo, jainismo y budismo han practicado yoga—una forma de meditación física, mental y espiritual—para buscar el conocimiento de Dios.Otros, incluyendo a muchos judíos, musulmanes y cristianos, han buscado conocer a Dios a través de la adherencia estricta a reglas y rituales religiosos, creyendo que podían ganarse el favor de Dios al distinguirse de las masas a través de la práctica religiosa.

¿Podría ser, sin embargo, que a pesar de los mejores intentos de la humanidad, la clave para conocer a Dios no tiene nada que ver con ser religioso? Quizá el deseo de Dios no es que sigamos reglas o llevemos a cabo rituales, sino que simplemente busquemos una relación con Él.

Ya sea que creamos o no en Dios, los humanos somos, por naturaleza, adoradores. Todos elegimos algo como el objeto de nuestra más grande devoción.5 Puede ser un ser amado, una banda, un equipo deportivo, un trabajo, o incluso nosotros mismos, pero cada uno de nosotros seleccionamos nuestros propios objetos de adoración y enfocamos nuestro tiempo, energía y dinero allí.

¿Será esta predisposición a adorar en realidad un anhelo interno de conocer a Dios? ¿Y que Dios creó dentro de la humanidad un profundo deseo de conocerlo?

C.S. Lewis, el famoso erudito, novelista y ateo convertido en cristiano, ilustró este punto: “Si encuentro en mí mismo un deseo que ninguna experiencia en este mundo puede satisfacer, la explicación más probable es que fui hecho para otro mundo.”6

Según lo entienden los adeptos a los sistemas de creencias cristianas y judías, Dios creó al humano con mucho cuidado y gran preocupación por cada uno de nosotros individualmente. Dios se preocupa por la felicidad, bienestar y camino único de vida de cada persona.7 Hace miles de años, el salmista hebreo se regocijó en esto, cantando el gran amor de Dios por él.8

Los cristianos creemos que, porque Dios nos ama, anhela que busquemos una relación con él—incluso si hemos hecho mal en el pasado.

Porque, ¿qué meta puede ser más alta, más exaltada, más convincente que conocer a Dios?J.I.Packer

¿Alguna vez has escuchado la parábola del hijo pródigo? Había un joven que exigía su herencia de su padre; al recibirla, se dedicó a despilfarrarla. Después de haber tocado fondo, regresó a casa, lleno de remordimientos, vergüenza y disculpas. ¿Pero qué fue lo que hizo su padre? No rechazó a su hijo, ni se burló de él. En lugar de esto aceptó el arrepentimiento de su hijo sin dudar y se regocijó de que su hijo perdido había regresado a él.9

Así es como los cristianos entienden que es con Dios. Cada uno de nosotros estamos desechos, marcados por el mundo y sentimos culpa por herirnos unos a otros con nuestro egoísmo. Pero, así como al reconciliarnos con cualquier persona, el primer paso para avanzar en esa relación es simplemente reconocer que hemos hecho algo mal, pedir perdón y seguir creciendo juntos a través de la comunicación.

Imagino que todos hemos escuchado la palabra “oración.” ¿Pero qué significa esto en realidad? En su forma más básica, la oración es solo otra manera de tener una conversación con Dios, hablar con Él—la forma principal para conocer a alguien.

Esto puede sonar intimidante, ¿no? Pero ya tenías la idea de pedir la cita en el café. Además, si Él ya te ama, ¿qué tienes que perder?

Autor:  Auburn Layman


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