Cómo hacer que tu error sea tu maestro

«¡Miserable de mí!», «¡Que me trague la tierra y desaparezca!»... 

Estas son algunas de las frases o autoinsultos que se nos ocurren cuando descubrimos que hemos cometido un error. ¿Por qué junto con la salvación Dios no nos dio el regalo de la infalibilidad?, ¿por qué no simplemente hacemos siempre las cosas bien, decimos la palabras correctas y la taradez desaparece de nuestra vida para siempre?

Aunque la cantidad de decisiones que toma un adulto puede variar, investigaciones sugieren que el promedio es de 35 mil decisiones conscientes diarias. Eso solo en cuanto a nuestras acciones; en lo que se refiere a nuestras palabras, según la psicóloga Pilar Sordo, las mujeres hablan en promedio 27 mil palabras al día mientras que los hombres pronuncian 10 mil. 

¿Cuál es la probabilidad de que esas decisiones y palabras no sean producto de impulsos, emociones, suposiciones, temores, juicios o prejuicios, afanes, dolores, resentimientos, deseos e incluso buenas intenciones, que al final nos llevan a equivocarnos?

La mayoría de nosotros, si no todos, desearíamos haber recibido, junto con la salvación, la imposibilidad de cometer errores, una suerte de 

infalibilidad que evitara que nuestras debilidades quedaran expuestas, no solo ante nosotros sino ante los demás. Pero la verdad es que esos errores de principiante que cometemos pueden convertirse, si se lo permitimos, en nuestros mejores maestros.Nuestros errores hablan de quiénes somos, nos educan y nos llevan a conocernos a nosotros mismos. Algunos de ellos son alarmas tempranas que nos advierten que si no aprendemos una lección ahora, la «embarrada» que cometeremos después será mucho peor. Entonces, ¿por qué luchamos a toda costa por evitarlos?

Hay errores de los que debemos huir, más que por cobardía o por miedo al qué dirán, por ese sentido común del creyente que le hace saber que una cosa es cometer un error y otra pecar, y que de esa práctica milenaria sí debemos alejarnos corriendo, con paso firme y a toda velocidad.

Pero hay otros errores que son inevitables, que vamos a cometer porque hay cosas que solo se aprenden equivocándose. ¿Qué necesitamos entonces para que los errores en lugar de hacernos sentir miserables, nos llenen de sabiduría y nos hagan crecer en experiencia?

● Humildad

● Gracia 

● Carácter

Reconocer que no somos infalibles requiere humildad. Cuando no la tenemos, los culpables de nuestros desaciertos siempre serán otros, por lo que nunca permitiremos que nuestros errores nos enseñen. 

La gracia nos hace conscientes de que debemos perdonarnos: si Dios lo ha hecho, ¿por qué nosotros no? Si no somos amigos de la gracia, nuestros errores definirán quiénes somos y lo que hacemos. 

El carácter nos permite cambiar de comportamiento y evita que cometamos el mismo error dos veces. Si no trabajamos en él, no maduraremos ni creceremos sino que seremos siempre víctimas, en lugar de aprendices, de nuestras equivocaciones. 

Tus errores pueden informarte, pero no controlarte o definirte. Estos son un indicador de que estás afrontando retos, creciendo y madurando. Ese es un proceso que nadie puede atravesar por ti, aunque a veces quieras tener un doble que ocupe tu lugar a la hora de tomar decisiones. Escoge la gracia de Dios como compañera y decide hacer de tu error, tu maestro. 

Fuente: Canzion

 


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