REMEMBER TIME “Un árbol llamado Lorea” testimonio de 1977

Una crónica de Juan Gossaín.

Tenía que ser miércoles un día maldito escogido por el destino para que aquel titular de letras negras apareciera en la sección de deportes de un periódico Barranquillero. “Un árbol llamado Lorea”. estaba ahí a lo ancho como una cuchillada de tinta desangrándose sobre la página. Debajo de él se extendía una crónica cruel, implacable, inclemente, mordaz, una mezcla de explosiva perversidad tropical, futbol en letras de molde y botánica escolar:  A Lorea lo llamaban árbol, tronco, raíz, rama, corteza, savia y clorofila del Junior.

Lo que no sabía aquel cronista, o mas bien lo que nadie sabía, es que aquella mañana de miércoles de mayo, precisamente llegaba a la ciudad de Barranquilla la esposa de Cesar Lorea, y su señora madre. ¡esas si son bremas de la vida! Una mujer joven que cargaba en brazos un niño recién nacido llegaba con su suegra a una ciudad desconocida, a un mundo enigmático para ella y para sus hijos, a un vecindario de cara extrañas, a recomenzar a su vida trotante al compás esos gitanos en pantalonetas que son los futbolistas profesionales.

Aún no habían terminado de colocar las cortinas al apartamento recién alquilado, ni tampoco habían tenido tiempo para comprar el trapero y el detergente para lavar el baño, cuando el periódico cayo entre sus manos y debió arderle como carbón de leña. Su suegra, curtida por la vida, madurada por los tropezones que un va dando al mundo, no tuvo mas remedio que ponerse a consolarla.

Lorea guardó silencio. Sus propios compañeros de equipo, los que como él abonan con sudor la hierva del Estadio Municipal resecada por el verano, se dedicaron a darle a ánimo, a levantarle la moral, a hacerle bromas para que aquellas le sirvieran de soda de aquel trago amargo: “no te preocupes por eso, no te amargues la vida que los periodistas aquí son así… tu tranquilo ya te llegará el desquite” el arquero Jaime Deluque el mas mamagallista del grupo le decía “Cuando te nazcan capullos me regalas uno, porque mi mujer siempre a querido tener un arbolito extranjero en el jardín”

Cuatro días después, justamente el domingo por la mañana, pocas horas antes de que junior enfrentara a Buacaramanga en el estadio de Barranquilla, el entrenador Jose Varacka se reunió con él y le dijo a quemarropa “vas a jugar hoy… porque confió en ti. Olvídate de los periodistas y ayúdanos a ganar el partido”. En el camerino, mientras se ajustaba los guayos y mientras el masajista “Orejita” Núñez se frotaba los músculos con linimento, Lorea estaba nervioso. Me puse a observarlo de cerca. En ese momento se le notaban mas que nunca sus rasgos de niño grande, de bebé robusto y tímido. Llegaron los micrófonos de las emisoras para que las entrevistas preliminares. Reportaron a todo el mundo, a los jugadores, a los suplentes, al entrenador, al que llevaba los maletines, al preparador físico, hasta el muchacho que repartía los uniformes. Pero nadie se acordó de Cesar Loera. A mí se me partió el alma verlo ahí en aquel rincón de ese cuarto oscuro y oloroso a medicamentos, como un animal enfermo que su manada abandona en el recodo del camino.

Cuando Junior salió por la boca del túnel, como debió ser el espectáculo de Jonás saliendo de la boca de la ballena, desde la tribuna salieron algunos silbidos. No llevaban nombre propio, pero Lorea sabía que eran para él. El público también lo sabía. Y cuando Cesar le pegó mal a la pelota en el entrenamiento previo, en la tribuna se escucho la carcajada más cruel y despiadada que escuché en mi vida. Era una hiena popular riéndose a mandíbula batiente sobre el cadáver de su presa.

De repente, cuando cae el sol como un chorro de plomo sobre el estadio, Lorea debe acordarse de su esposa recién llegada llorando en la soledad del apartamento, debe acordarse de las emisoras mofándose de su torpeza, debe acordarse de las palabras de Varacka, y con la misma decisión enloquecida del condenado que se agita en la silla eléctrica, atenaza la pelota con el pie, la impulsa hacia delante, le pega al balón como si fuera la ultima patada de su vida… GOL.. GOL. GOOOOOLLLL de Lorea. Un árbol llamado Lorea.

Lorea corre hacia donde están situados los técnicos del Junior, no hace caso de los abrazos de sus compañeros que se tienden para felicitarlo, busca a un hombre y lo besa en la mejilla. Ese hombre era Varacka quien había confiado en él.

Otro gol, el segundo de Lorea. Y entonces tampoco hace caso de las congratulaciones: corre hacia la pista atlética y se detiene frente a la tribuna de sombra, levanta los brazos hacia un sitio determinado. Después dirán que su gento iba para los periodistas y locutores que lo habían herido. NO. Estaba buscando a su esposa, que es encontraba en ese mismo sitio, confundida entre el público.

Y el tercer gol de aquella tarde, el tercero de Lorea, él ni siquiera supo para donde coger. Daba vueltas en la cancha, como atontado, con la cabeza metida en el pecho. Uno de sus compañeros me contaría que Lorea no pudo contener las lagrimas cuando marco el tercer gol. Porque hay veces lloran los hombres…

Me perdona ustedes la palabra, damas y caballeros, pero no he podido encontrar una que se parezca o una que la reemplace, Lorea debió sentir el sabor salado del llanto mezclado con el sabor dulzón del sudor, porque posiblemente se acordaba de aquel miércoles de mierda.

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