Vive en armonía con los demás

Tenemos que intentar comprender el dolor de los demás, y cambiar esa idea de lastima de quién está peor y comparar.

Algo que me llama mucho la atención es la persona de Jesús, alguien que no para de asombrarnos, y sobre todo, porque al lugar que iba hacía bien al prójimo no importando su condición. No hay dudas de la multitud de testigos ante esos acontecimientos, la Biblia es testigo y nos cuenta una cantidad de historias, ya sea a los enfermos, o alguien necesitado. Jesús lo hacía por amor por ellos, tenia esa capacidad de ponerse en el lugar del otro y sentir la necesidad como propia. Jesús nos sigue demostrando como evidencia de que podemos hacer el bien, que podemos dar, que podemos despojarnos de nuestro egoismo. Sin embargo vemos que en nuestro alrededor no sucede así, más bien estamos ocupados en nuestros dilemas, angustiados solo en aquello que nos preocupa, que nos duele, y estamos convencidos de que nuestra vida, dolor no es igual al resto, y muchas veces no se puede comparar con el dolor de nadie más.  Si no nos comprenden en nuestra angustia tendemos a enfadamos porque no llegamos a entender cómo esa persona no se da cuenta de que lo que tenemos, y terminamos comparando nuestro sufrimiento con el de otros. Somos egoístas, como un caballo que solo mira su camino.

Somos egoístas valorando dolores y a veces, se nos llena la paciencia si nos vemos obligados a tener que escuchar lamentarse a alguien. Incluso sentimos celos si vemos si otra persona se inclina más por la desdicha del otro que por la nuestra. En ese momento nos gustaría tener un documento oficial que pudiese demostrar que se equivoca porque tenemos más puntos y saltamos al rin y nos protegemos y buscamos ser colocados en el podio de las desgracias. Resulta muy fastidioso las veces que se declaran pugnas y enfrentamientos para ver quién carga con más calamidades. A veces pensamos que el mejor consuelo que podemos dar es decirle al que padece que es algo normal, no entendemos que se sorprenda. Pero esa frase es como decirle que no le está permitido expresar su dolor, que tiene que aceptar las cosas como vienen sin derecho a padecerlas, ya que se entiende que todo lo que venga de manera natural no debe afectarle lo más mínimo.

¿Tan duros somos, tan de piedra? ¿Por qué se mide el sufrimiento y se tiende a comparar el de uno con el del otro? Si abres el corazón y confiesas que te sientes mal de ánimo, pero te sale alguien al paso para que te quites eso de la cabeza, para que lo olvides, porque no tienes derecho, porque sencillamente hay  gente que está peor que tú y te empieza a relatar con detalles esas penas de los demás, que quien te lo cuenta no siente, quitándole importancia a los detalles que tú mismo le has contado.  ¿Es eso consolar al que sufre? ¿No será mejor guardar silencio para no dañar, para amar?, pues si el penitente ya no podía con su alma, ahora, dada la susceptibilidad que padece, no puede con el problema que acaban de contarte.

Hay personas que padecen sus dolores y no quieren ser molestados sino simplemente respetados. Quieren que se les deje en paz hasta que se les pase el luto, la racha, la convalecencia, lo que sea, pero que se les deje tranquilos con lo que la vida les trae y por dónde les está llevando hasta que se habitúan a su nuevo estado. Esta actitud es legítima, debemos respetarla con todos los honores como nos sea posible. Que a cada uno le duele lo suyo es cierto, pero eso no quita que nos hagamos cargo con verdadera empatía del dolor que sienten los demás, comprendámoslos en vez de buscar la báscula para pesar quién está peor y comparar con el fin de jactarte de ello. Termino del mismo modo que comencé. De Jesús no deja de maravillarme todo el bien que hacía a los que encontraba en su camino. Cuando se acercaba a algún enfermo lo hacía porque tenía un alto grado de amor y empatía, porque se figuraba el dolor que dañaba aquel cuerpo o aquella mente como si fueran los suyos. Esa capacidad de ponerse en el lugar del otro y sentir la necesidad de curarlo psíquica o físicamente es todo un ejemplo para nosotros.

Cada día necesitamos buscar y conocer a Dios, porque si no lo hacemos jamás conoceremos qué es el amor. Necesitamos  sumergirnos en la presencia de Dios y dejar que Él haga su obra en nosotros. Sólo así sabremos amar a Dios y a nuestro prójimo. Si has dejado crecer el resentimiento, el enojo,  la amargura, el odio, los celos y todo sentimiento hostil, necesitas a Dios. Porque Dios no puede habitar en un corazón contaminado. Acércate a Él y pide que te perdone y entre en tu corazón.

 


Was This Post Helpful:

0 votes, 0 avg. rating

Share:

admin

Leave a Comment